lunes, 20 de febrero de 2012

Un amor tan fuerte como el roble, tan frágil como el olvido.

Cuando vuelvo a saborear los dulces versos inmortales que crecen en la faz de tu interior, mi cabeza me narra los recuerdos de nuestro tiempo, aquel en el cual hallaba más sonrisas que decepciones. Hoy, sombreo las maravillas de nuestro ayer, ahondando en tu memoria que todavía me persigue, adverso a mis errores y mis estúpidas decisiones, me desvío hacia el borde de unas fantasías que rodean mis labios, llamándote, libremente como un viento que viaja por el tiempo sin cambiar, sin exigir nada más que aire. Desafié al silencio, al orgullo y a la paciencia, pasé por encima de todos ellos para acariciar tus mejillas, con esa gracia y esa fugaz esencia que calienta mi piel, con la suavidad de un invierno desgastado, y con la adrenalina de los veranos que yacen en mis recuerdos, con la elocuencia del amanecer que alarma mis sueños. Decidiste agobiar mi alma apartándote de mi realidad, de tu realidad, de nuestra realidad que puede convertirse de nuevo en la ilusión que tanto deseamos, un amor eterno. Un amor tan fuerte como un roble, tan frágil como el olvido.

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